domingo, 24 de julio de 2011

ternura mezclada con melancolía y análisis entrelineas




La niña investigando todo lo nuevo que le rodeaba; con los ojos abiertos y bien atenta a todo detalle, encontró un pajarillo con una parte negra que parecía moverse...
Amaneció caluroso el día aquel, y corría una brisa fresca. Era septiembre, por lo que todo se encontraba muy verde y algunas manchas de colores entre flores y viento. Tampoco era difícil encontrar uno que otro charco y barro, ese que llega a molestar y comienza a mimetizarse con el resto del paisaje verde.
Ella miró de lejos y se acercó solo cuando tuvo la certeza que nadie le seguía. Volvió a mirar a su alrededor y se agachó.
El pájaro estaba lleno de hormigas eufóricas, tratando de penetrarle por donde fuera, ella movió algunas y al pájaro, de nuevo para no tenerlas en la mano, ya que ella eso quería: tomar el ave para asegurarse de su muerte.
Luego de un rato tomó al animal entre sus manos, tranquila y tiernamente. Tocó su pecho, su pico y cabeza, con esto se confirmó que no estaba con vida.
Movió sus alas, patas, trató de imaginar como voló, cómo fue a caer sin vida ahí.
Deseó enterrarle, deseó quitarle una pluma para el recuerdo, aunque era absurdo: una santiaguina no se encuentra cualquier día con un ave muerta completa.
Su prima descubrió lo que con tanto cuidado cargaba y juntas le observaron, para luego dejarlo en otro sitio.
Fueron juntas adentro, más que nada para no preocupar a los adultos, que siempre creen que andan los chicos en cosas malas. Volvieron a salir al cabo de un rato, pero el ave estaba llena de insectos sobre todo hormigas nuevamente y la niña, aunque hubiese querido quitárselos y enterrar al ave, su prima se lo impidió, quedando esta en el estomago de los parásitos y quien sabe, quizás en una próxima ave.

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